La primera vez

Actualizado: 13 de oct de 2020

Era un día cualquiera entre semana hacia la puesta del sol, la cantina estaba cerrada y la iglesia también. Acabábamos de colgar el letrero en la fachada oeste de nuestra casa rural cuando se dirigieron a nosotros, entre asombrados e incrédulos, por el descubrimiento de un pueblo con tanto encanto. La pareja, de mediana edad, acababa de llegar a Peñalba por casualidad, sin saber que existía algo así, que entre aquellas montañas se podía esconder tanta belleza y armonía. Venían desde Sanabria, según nos contaron, por la serranía cabreiresa, por Castrocontrigo, Truchas y Corporales. Pararon en el mirador del Alto de la Cruz y la majestuosa vista les invitó a probar lo desconocido siguiendo la serpenteante bajada. ¿Quien no tuvo alguna vez la tentación de dejar el camino de siempre y tomar uno nuevo?

Fue curioso observar, de esta forma tan casual, la reacción que provoca llegar a Peñalba y pasear sus calles en quien carece de referencias previas. No habían oído hablar del lugar, nadie se lo había contado, desconocían que su iglesia es una joya del arte mozárabe y que el conjunto está también catalogado, pero como personas sensibles aprecian y valoran la conservación de lo construido como parte del patrimonio y del paisaje para el que toda protección es poca y... se dejan llevar por la contemplación gozosa mientras se prometen volver, con calma y muchas veces, situando el hallazgo entre sus preferencias.


Uno recuerda inevitablemente su primera vez en Peñalba. Fue en el otoño de 1979 cuando llegamos al Valle del Oza en un 850 amarillo, atraídos por la trascendencia histórica de la llamada Tebaida, pero también por el paraíso rural que el gran Amalio Fernández había convertido en crónica fotográfica del más alto nivel estético o por el viaje literario de Ramón Carnicer, caminando por la vecina comarca de la Cabrera en 1962 (Donde las Hurdes se llaman Cabrera). Me veo como un jovencísimo fotógrafo aficionado, ansioso por meter en el carrete tantas sensaciones sabiendo que es misión imposible.

Aquellas viejas imágenes nos devuelven una pequeña parte de lo vivido, nos permiten ver como la aldea que conocimos y de la que nos enamoramos a primera vista era tan frágil como hermosa, como el aislamiento había hecho posible el milagro de que un lugar así hubiera llegado hasta nuestro tiempo. Y nos daba miedo que aquello tan excepcional pudiese ser alterado sin remedio, como pasaba lamentablemente en casi todo nuestro entorno conocido.

En el otoño de 1988 nuestro amigo el fotógrafo Manolo Rúa visita Peñalba y toma unas imágenes que revela en su impecable blanco y negro. En dos de ellas los hermanos Fran y Víctor (de la Cantina) juegan a deslizarse con una caja por el camino, delante de la iglesia. Hacía bastante tiempo que no subíamos y aquel relato nos animó a volver. Lo hicimos unos meses más tarde y acabamos decidiendo unir nuestro futuro a este remanso de paz. Compramos aquella casa tan bien orientada y de buena mampostería que había sido de un cura. Las fotos de Manolo, colgadas en una de sus estancias, nos recuerdan hoy como empezaba toda esta historia.

Texto: Gustavo Docampo

Imágenes b/n: Manolo Rúa

Imágenes color: Gustavo Docampo

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Peñalba de Santiago. Spain.