La entrega de la Cruz

Actualizado: 14 jul

El pueblo es un reguero incesante de gente en los momentos previos a la representación, aparecen en cualquier esquina monjes del monasterio y obispos bajo palio, anacoretas descalzos y flacos, labradoras portando cestas de flores, frutos o hierbas aromáticas, hombres curtidos del campo, caballeros y damas, algunos pajes, gaiteros, un escribano y sus majestades, el rey Ramiro II y la reina, Urraca Sánchez. Todos andan ajetreados de un lado a otro. Apurados con los últimos preparativos para estar puntuales, con sus vestidos y atrezzo, a la hora señalada para comenzar.

La procesión eclesiástica partirá de la Casa de los Diezmos. En aquella plaza se concentra el clero bajo, frailes pobres con bastas túnicas, junto al abad del monasterio que hace de director de escena y presidirá el solemne acto acompañado de obispos de varias diócesis, con sus púrpuras y oropeles, que son ayudados a sujetar las mitras en sus cabezas. Entre ellos Salomón, el constructor del monasterio.


A pocos metros, justo a la entrada del Camino Real, se junta la otra comitiva que irá detrás de la anterior y a una cierta distancia: condes, damas y caballeros con sus ropas de gala y ornamentos, llegados de toda la comarca y de tierras más lejanas, despiertan el interés del pueblo llano, que ya en aquel tiempo sentía curiosidad por las vidas ociosas y regaladas que tanto daban pie a las habladurías.

Y en esto, un redoble de tambores anuncia la llegada del rey leonés y su séquito de cortesanos, escoltados por la guardia y precedidos de estandartes. Dos donceles portan en parihuela el objeto de todo aquel ceremonial: la Cruz, una magnífica reproducción de la original realizada por Miguel Pascual, el mismo que hizo el papel de Ramiro II y que, como aquel, donó al pueblo de Peñalba.


Dice la historia que este rey quiso agradecer al apóstol Santiago su intercesión en el año 939 en la batalla de Simancas, a favor de las tropas de la coalición cristiana que el propio Ramiro encabezaba y que diezmó al ejército califal de Abd al-Rahman III.

"En nombre de Nuestro Señor Jesucristo para honra de Santiago Apóstol el Rey Ramiro (la) ofrece." así reza, en latín, la inscripción de la Cruz procesional, esa pieza de orfebrería cuya entrega se festeja cada año en Peñalba con esta singular recreación.


Estamos en el siglo X y todos se afanan en que lo parezca. Habrá que simular que el poderoso monarca, admirador de la obra de Genadio que había muerto unos años antes, se habría personado en tan apartado lugar llevando la Cruz en ofrenda a Santiago, su auxiliador en la guerra.

Se escucha en off la voz trémula del monje cronista, que sitúa a los presentes en el momento que se va a escenificar. Suena la música, compuesta para la ocasión por Javier Vecino, y comienza el desfile lento y ordenado. Primero lo religioso y seguidamente lo civil. El pueblo, el paisanaje, en ambas comitivas detrás de los dignatarios. La pirámide social queda bien organizada.

En la puerta de la iglesia del antiguo monasterio, hoy desaparecido, se sitúan los actores atendiendo las señas que les hace el abad. El chanciller, secretario, escribano, o lo que sea, da lectura al decreto regio de donaciones y favores. El abad Electífico recibe las prebendas con grandes loas al monarca y a sus éxitos militares, antes de bendecir la Cruz, extender a su alrededor humo de incienso en abundancia e invitar a las altas jerarquías a entrar en la iglesia para honrar el sepulcro de Genadio. Es el final de la obra. La ovación es emotiva y sincera, los actores principales salen a recibirla y todos juntos celebran haber reconstruido una parte de la historia y la leyenda de aquella Cruz asociada para siempre al nombre de Peñalba y que pasaría, con el tiempo, a convertirse en símbolo y bandera de la región del Bierzo.

En memoria de Miguel Pascual y de Oliva, su esposa, que representaron a la pareja real.


Texto e imágenes: Gustavo Docampo

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